Florencia, estudiante.

A pesar de sentirme preparada para cerrar este proceso, me cuesta aun asimilar el termino de un viaje que ha durado dos años tan intensos. Soy capaz de recordar perfectamente mi primer día de diurno, la atmosfera emocional que me envolvía, las incertidumbres y miedos que cargaba, y la esperanza que me motivaba.

Miro hacia atrás y me veo a mi misma como una niña que cargaba con un alma rota, llena de odio y pena, pero valiente sin duda alguna. Hoy me cuesta identificarme con ella al sentirme tan distinta, tan grande, tan orgullosa. Sin embargo, soy consciente de que sin esa Florencia yo no sería lo que soy hoy. El regalo mas lindo que me ha dado la vida ha sido la valentía para intentar vivir aun cuando mi único deseo durante muchos años fue morir de una vez por todas. Creo que tomar la decisión de entrar a este tratamiento fue el acto de amor mas grande que me he hecho, y estaré para siempre agradecida de esa joven que dio su ultimo aliento en la batalla que significó este proceso y sus etapas.

En estos dos años supe realmente lo que significaba estar viva, termine por hacerme responsable de mi existencia en este mundo y me entregue por completo al abismo que significaba volver a sentir. Después de haber vivido a medias y deambular por tantos años, siempre adormeciendo mis dolores y exaltando mis alegrías, la sobriedad apareció como un golpe seco y tormentoso. El sufrimiento de comenzar a ver los pedazos de mundo que quedaban a mi alrededor me hizo dudar incontables veces sobre si seria capaz de soportar este camino.
Los recuerdos de un pasado triste me atacaron sin tregua y el primer año fue tan difícil que pensé que iba a morir en el intento de querer vivir. Mi comportamiento errático, mis recaídas, mi crisis y mis miedos daban cuenta de la batalla titánica que se estaba desarrollando en mi interior, y eso me hace sentir aun mas orgullosa de mi misma, de haber seguido, a pesar de a veces avanzar dos pasos para retroceder diez.

Sin embargo, este viaje no hubiese sido posible sin las personas que me acompañaron. Mi familia, haciendo de tripas corazón, me enseño el verdadero significado del amor. Gracias a la sobriedad y al trabajo realizado durante estos años, fui capaz de verlos, hacerlos visibles. Me hice consciente del tesoro que ellos significaban, de su propia valentía al decidir también enfrentarse a los monstruos que se habían consolidado con nuestra dinámica insana. Gracias a mi papa y mama pude mantenerme a flote durante las tempestades mas dramáticas. Haberlos visto darlo todo me hizo encontrar coraje en los momentos difíciles. Cuando hago el ejercicio de vernos como familia en el presente me cuesta imaginarme como éramos en un inicio. Ahora me doy cuenta que este tratamiento no era únicamente para mi, sino que pudo sanarlos a ellos también. Mis padres hoy se sientan en la misma mesa, conversan y se ríen, se ayudan y respetan. Estoy orgullosa y agradecida de su valor y compasión, hoy siento que recupere a mi familia y todos hicimos posible todo esto a punta de esfuerzo y constancia.

Por otro lado, agradezco haberme encontrado con terapeutas y profesionales que me entregaron la confianza suficiente para profundizar al máximo mi tratamiento. La validez y el respeto que le otorga un paciente a su terapeuta es fundamental para el éxito de un tratamiento, y esto lo digo desde la experiencia y el agradecimiento.

Asimismo, mi grupo y compañeros fueron uno de los principales ejes para continuar en este proceso. Siempre lo digo y vuelvo a reafirmar, que haberlos encontrado fue decisivo para apegarme a la decisión de intentar mejorarme. El encontrar a personas que sufrían como yo lo hacia y vivían lo que yo vivía me hizo sentir fuerte y acogida, había encontrado un nicho de inadaptados valientes, cada uno con sus trágicas biografías, con sus distintas formas de ver y pensar. Decidí otorgarles a ellos como un solo organismo el poder de tener un peso real en mi psique y en mis acciones. Ellos terminaban de conformar esa parte mía que necesitaba ayuda en todos los flancos. Haberme podido integrar a ellos me ayudo a relacionarme con personas de todas las edades y personalidades, pude trabajar mi tolerancia y desarrollar nuevas habilidades sociales, aprendí sobre la compasión y la empatía, la honestidad y la fragilidad. Cada una de mis terapias grupales marcaba nuevos hitos en mi mente y mi corazón, y llevo a cada una de esas personas para siempre en un rincón de mi alma.

Me marcho orgullosa, con algo de susto y un montón de inseguridades, pero con la convicción de que todo ocurrirá de la única forma en que debe ocurrir. Termino este tratamiento con una gratitud inmarcesible, emocionada de vivir y ansiosa de los nuevos proyectos que se avecinan. Estoy feliz de estar y ser consciente de quien soy.