Sofía, estudiante.

¿Qué ha cambiado en mí durante estos dos años?

Lo primero que me salta a la mente es: “¡¿qué no?!“.
Eso sería lo primero.
Pero si me detengo dos segundos a pensar seriamente en lo que significa para mí esta pregunta nace la segunda respuesta:

Tengo ciertos reparos con la palabra “cambiar”, dado que a para mí tiene una connotación de ruptura o quiebre de algo para luego ser reemplazado por algo mejor o diferente.
Y al menos, en este proceso terapéuticos, más que cambios creo estar logrando la coexistencia armónica entre mis luces y mis sombras.
No he cambiado; he aprendido a adaptarme como resultado de una crisis. Los filósofos de la antigüedad, consideraban la crisis como una oportunidad. Algo positivo que desembocaba en la decisión y actuar conscientes de no tolerar un destino que de otra forma, habría sido inevitablemente nefasto.  Fueron esos años en crisis los que me han permitido elegir.
Elegir ser yo quien dirija mi propia Vida.
He aprendido a aceptarme siendo menos juiciosa y a reajustar lo negativo en función de dar más brillo a lo positivo que tengo en mí.
He vuelto a ocupar mi lugar en el Mundo; pero lo hago de forma consciente.

Si del ensayo se cometen errores de los que podemos aprender algo, es esta otra de las grandes maravillas que he aprendido junto a Nevería:
Y es el que yo soy responsable de los actos cometidos.  De las negligencias para conmigo y mi cuerpo. Del sufrimiento que cause y de las personas a las cuales perdí en el camino. Pero, al igual que no puedo hacerme responsable de cargar con el peso del Mundo, he aprendido a ver que muchas de las penas que viví, del maltrato recibido por unos, de la ausencia de otros y otros factores más no dependían de mi. No fueron causados por mi y si fueron también ladrillos que no me di cuenta que arrastraba para armar el Pozo. No culpo, no juzgo, no guardo rencor. Pero si puedo ver y asumir responsabilidades en su justa medida.

Las oportunidades son difíciles de visualizar cuando nuestros ojos están empañados por la autocompasión, por la desesperanza. Pero, si os fijáis bien y con esfuerzo, ESTÁN. Siempre están.
He aprendido que acarreo una enfermedad. Que no es algo trivial y que no desaparece.

Pero hoy, la veo como una compañera y no como un enemigo.
Y podría hasta aventurarme a decir que es una camarada a la cual agradezco por su compañía.
Porque todo lo aprendido, sufrido, llorado, reído en este tiempo es gracias y por ella. No estaría aquí sin ella y no sería quien soy hoy sin ella.
Por lo tanto; Gracias.
Sólo Gracias.