Roberto, médico.

Tengo 55 años, para quienes leen este testimonio, mi nombre será Roberto. Soy médico de profesión, estoy casado y tengo tres hijos. Lamentablemente, me hice adicto a las pastillas y el alcohol. Desde el inicio del tratamiento enfrenté este desafío como todos los problemas de mi vida. Los primeros tres meses, durante el programa diurno, concentré todos mis esfuerzos y voluntad en despegar -como si fuera una nave espacial- superando la angustia, la desesperación y la depresión. Pensaba que en algún momento podía caer. Luego de esa dura etapa, la siguiente fue menos difícil. En Centronevería se llama “Orígenes” y es muy enriquecedora, porque uno mira para atrás. Se descubre un mundo interno y externo, hasta ese entonces desconocido; tienes perspectiva del universo que te ha tocado vivir, me da la impresión que es volver a nacer. Además, paralelamente con todo este descubrimiento, me pasé esta etapa tratando de recuperar la familia y especialmente a mi señora. Eso fue un trabajo de hormiga, pero nunca perdí el norte. A lo largo de este viaje, que tiene sus vaivenes, se va consolidando lo aprendido, tanto en el aspecto personal, como el familiar y laboral. En primer lugar, he logrado mantener una absoluta abstinencia, lo cual es fundamental para lograr los otros cambios. Como mis hijos, las cosas se han ordenado bastante. No es que no haya problemas, lo que pasa es que los estamos enfrentando. Por otro lado, en mi trabajo funciono mucho mejor, lo hago con más ganas, con mejor sentido del humor y con mejor relación con mis colegas. Atribuyo los cambios, antes que nada a mi deseo de mejorar y el empeño puesto en asistir y participar en el tratamiento. Sin embargo, también es cierto que todo esto ha sido conducido por el equipazo de terapeutas del centro, ellos aportan el esqueleto del tratamiento, rellenado con mucha paciencia. Por un lado, la farmacoterapia, finamente regulada por Gonzalo, mi psiquiatra. Al principio tuve que tomar hartos fármacos, pero ahora –después de dos años- no tomo ninguno. También fue importante la ayuda y consejos de mis compañeros de terapia de grupo. Y hago mención especial a Macarena, mi psicóloga, quien me ayudó a tapar múltiples forados mentales. Durante el tratamiento, la vida y el mundo pasan desde una visión tubular a una espectral, en la que aparece la felicidad, la confianza y un sinnúmero de cosas hermosas. Realmente los cambios son radicales, desde la estructura a la esencia, es como cuando un bebé abre los ojos por primera vez. Yo creo que se puede llegar a Puerto, pero hay que hacerlo con una buena tripulación, un buen capitán y mucho viento.
2014-01-09T21:29:04+00:00
“En Nevería, una parte de la terapia se llama “Orígenes” y es muy enriquecedora, porque uno mira para atrás. Se descubre un mundo interno y externo, hasta ese entonces desconocido; tienes perspectiva del universo que te ha tocado vivir, me da la impresión que es volver a nacer.”